miércoles 9 de septiembre de 2009

No Tengáis Miedo

He seguido leyendo durante el día acerca del post de la mañana y como oración de hoy. De ello me ha venido las primeras palabras de Juan Pablo II, que en momentos de debilidad me motiva: "No tengáis miedo".
Fueron las primeras palabras que Juan Pablo II lanzó al mundo entero desde la Plaza de San Pedro, cuando inauguró su pontificado, el 22 de octubre de 1978. Esas palabras recorrieron, como una melodía, todo su trabajo como Vicario de Cristo, hasta su muerte santa en el 2005.
"No tengáis miedo a la verdad de vosotros mismos"; es decir, el Papa propuso superar el miedo "del hombre y de lo que ha creado": " ¡no tengáis miedo de vosotros mismos!".
Desde el inicio hasta el fin de su pontificado el Papa exhortó a confiar en el hombre, desde la humilde aceptación de su contingencia y de su pecado, dirigiendo la mirada al único horizonte de esperanza: Jesucristo.
Jesucristo es el vencedor del mal y del pecado, el Autor de una nueva creación y de una humanidad reconciliada por su Muerte y Resurrección.
¡No tengáis miedo a abrir de par en par las puertas a Cristo! Esta expresión es, posiblemente, uno de los gritos más esperanzadores y revolucionarios del mundo contemporáneo, que se debate entre la angustia y los miedos hacia los monstruos que él mismo ha creado: la guerra, la cultura de la muerte, la pérdida de la dignidad humana...

Laudetur Iesus Christus

Esta expresión latina significa literalmente "Alabado sea Jesucristo".
Juan Pablo II utilizaba mucho esta jaculatoria que fue la primera frase en pronunciar una vez fue elegido Sumo Pontífice. Juan Pablo II ha sido sin duda una de las figuras mas importantes en la historia contemporánea. Dios, en él , ha expresado el gran amor que tenía por cada uno de nosotros. Es por eso que deseo recordarlo porque él vela por nosotros.
El nos anima a seguir anunciando a Cristo por el mundo, a no tener miedo; a abrir las puertas a Cristo.

martes 8 de septiembre de 2009

Sabrás que María te cuida

La mejor es, sin duda, la escuela de Santa María, escogida por Dios mismo cuando quiso hacerse Niño y aprender a ser Hombre. Ella es Sedes sapientiae, Asiento de una sabiduría más antigua que el mundo. La Liturgia pone en labios de la Madre de Dios estas palabras de la Escritura: Antes de los siglos, desde el principio me creó, y por los siglos subsistiré. No es, éste, un principio de orden cronológico, sino de lógica divina, trascendente al tiempo. Antes del comienzo de la creación, Dios tiene en su mente la criatura de insuperable belleza, compendio de toda humana perfección.
La Virgen María fue la Madre de Jesús y, con este hecho, se cumplieron las Escrituras y todo lo dicho por los profetas. Dios escogió a esta mujer para ser la Madre de su Hijo. Con ella se aproximó la hora de la salvación. Por esta razón la Iglesia celebra esta fiesta con alabanzas y acciones de gracias.
Hoy conmemoramos la celebración del nacimiento de la Virgen María, y como parece que la creación entera contiene un cierto sello, un dulce y vigoroso toque mariano, hoy cabe más que nunca una lectura mariana del mundo.
Cómo vivir la fiesta en familia
Llevar flores a la Virgen en alguna capilla, en señal de que la amamos y dando gracias a Dios por haberla creado y escogido para esa gran misión. Pedir a la Santísima Virgen María, para que nos consiga la gracia que más necesitemos en este momento de nuestra vida, como familia.
"Y la Madre de Dios es mía, porque Jesús es mío" (S. Juan de la Cruz)
María, madre mía, eres dueña de mi corazón.

jueves 3 de septiembre de 2009

Jaculatoria* de hoy

'Orad también por nosotros a fin de que Dios nos abra la puerta de la palabra para revelar el misterio de Cristo'. (Col, 4.3)




* Una jaculatoria es una oración muy breve y canto repetitivo. Yo acostumbro cuando paso por delante de una iglesia a murmurar una jaculatoria.

martes 1 de septiembre de 2009

Ser Invisible

Amigos, no podía dejar de poner este video que me han enviado. Es una delicia, especialmente para aquellos que creen que no nos dejamos ver y somos invisibles. Hoy tampoco ellos hacen "grandes catedrales".
Disfrútalo y a construir.

lunes 31 de agosto de 2009

Cultivar la templanza

La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar ‘para seguir la pasión de su corazón’ (Si 5,2; cf 37, 27-31). La templanza es a menudo alabada en el Antiguo Testamento: ‘No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena’ (Si 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada ‘moderación’ o ‘sobriedad’. Debemos ‘vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo presente’ (Tt 2, 12).
A esta virtud se la llama también “sobriedad”. Es verdaderamente acertado que sea así. Pues, en efecto, para poder dominar las propias pasiones: la concupiscencia de la carne, las explosiones de la sensualidad (por ejemplo, en las relaciones con el otro sexo), etc., no debemos ir más allá del límite justo en relación con nosotros mismos y nuestro “yo inferior”. Si no respetamos este justo límite, no seremos capaces de dominarnos.

Esto no quiere decir que el hombre virtuoso, sobrio, no pueda ser “espontáneo”, ni pueda gozar, ni pueda llorar, ni pueda expresar los propios sentimientos; es decir, no significa que deba hacerse insensible, “indiferente”, como si fuera de hielo o de piedra. ¡No! ¡De ninguna manera! Es suficiente mirar a Jesús para convencerse de ello.
Jamás se ha identificado la moral cristiana con la estoica. Al contrario, considerando toda la riqueza de afectos y emotividad de que todos los hombres están dotados —si bien de modo distinto: de un modo el hombre y de otro la mujer, a causa de la propia sensibilidad—, hay que reconocer que el hombre no puede alcanzar esta espontaneidad madura, si no es a través de un laborío sobre sí mismo y una “vigilancia” particular sobre todo su comportamiento. En esto consiste, por tanto, la virtud de la “sobriedad”.


Pienso también que esta virtud exige de cada uno de nosotros una humildad específica en relación con los dones que Dios ha puesto en nuestra naturaleza humana. Yo diría la “humildad del cuerpo” y la “del corazón”. Esta humildad es condición imprescindible para la “armonía” interior del hombre, para la belleza “interior” del hombre. Reflexionemos bien sobre ello todos, y en particular los jóvenes y, más aún, las jóvenes en la edad en que hay tanto afán de ser hermosos o hermosas para agradar a los otros. Acordémonos de que el hombre debe ser hermoso sobre todo interiormente. Sin esta belleza todos los esfuerzos encaminados al cuerpo no harán —ni de él, ni de ella— una persona verdaderamente hermosa.

Por otra parte, ¿no es precisamente el cuerpo el que padece perjuicios sensibles y con frecuencia graves para la salud, si al hombre le falta la virtud de la templanza, de la sobriedad?

Es verdad que no podemos Juzgar la virtud basándonos exclusivamente en criterios de la salud psico-física; pero sin embargo, hay pruebas abundantes de que la falta de virtud, de templanza, de sobriedad, perjudican a la salud.

viernes 28 de agosto de 2009

Fortaleza

La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. ‘Mi fuerza y mi cántico es el Señor’ (Sal 118, 14). ‘En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo’ (Jn 16, 33).

lunes 24 de agosto de 2009

Justicia... pero de Dios

La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada ‘la virtud de la religión’. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común.
El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. ‘Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo’ (Lv 19, 15). ‘Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo’ (Col 4, 1).

viernes 21 de agosto de 2009

Medir la prudencia

La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. ‘El hombre cauto medita sus pasos’. ‘Sed sensatos y sobrios para daros a la oración’. La prudencia es la ‘regla recta de la acción’, escribe santo Tomás (s. th. 2-2, 47, 2), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación.
Es llamada ‘auriga virtutum’: conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio.
Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.

sábado 15 de agosto de 2009

Cultivar las virtudes cristianas

Las virtudes humanas son actitudes firmes, estables y a disposición de seguir perfecccionando la inteligencia y la voluntyad de seguir amando a Dios. Debemos tener presentes nuestros actos, ordenar nuestras pasiones y dejarnos guiar a mover por el Espíritu en nuestra fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien.
Las virtudes son el fruto de los esfuerzos y el gérmen que potencia al ser humano para estar en armonía con el amor divino. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

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